La virtuosa guitarrista que musicalizó las giras más colosales del Rey del Pop repasa en esta entrevista exclusiva su paso por la historia grande de la música, los desafíos de tocar en estadios repletos y su próxima visita a nuestro país en el marco de una gira homenaje.
Por Mavi Martínez
Hablar de la historia de la guitarra eléctrica en la cultura de masas es, indefectiblemente, hablar de Jennifer Batten. Con su imponente estética futurista de los noventa, su técnica impecable de tapping y una velocidad furiosa, Batten fue la encargada de encender los estadios más grandes del planeta junto a Michael Jackson durante las icónicas giras mundiales Bad, Dangerous y HIStory, además de dejar al mundo boquiabierto en el histórico show del Super Bowl de 1993.
A su llegada a Paraguay en el marco de un show tributo, Batten se tomó unos minutos para una charla donde desmenuzó los mitos y verdades de su paso por la maquinaria pop más grande de la historia, su transición hacia el blues-rock crudo de Jeff Beck y cómo aprendió a dominar los escenarios masivos.
Este martes 15 de septiembre llega a Paraguay el aclamado show tributo “This is Lenny Jay's Michael” en el Teatro del Banco Central del Paraguay, con entradas aún disponibles, a la venta en Ticketea.
Un casting a ciegas y el mítico baile de aprobación
Uno de los grandes misterios que siempre rodearon su incorporación a la banda de Michael Jackson fue cómo logró superar el filtro para quedarse con el puesto. Lejos de ser una audición convencional, la guitarrista recuerda que todo se gestó en un absoluto hermetismo.
“Estuvimos ensayando con la banda durante un mes entero antes de llegar a conocerlo”, relata Jennifer. “Nos habían dicho que si él estaba contento con lo que estábamos haciendo, se iba a poner a bailar... ¡y lo hizo! Pero la realidad es que nunca me dijeron formalmente ‘estás contratada’. Solo me dijeron: ‘Tocá con la banda y veamos cómo sigue’. Al mes siguiente ya estaba ensayando con él, los bailarines y los cantantes, y de repente me encontré con un pasaporte y un boleto a Tokio”.
Sin embargo, el ansiado “visto bueno” directo del ídolo tardó un poco más en formalizarse, y ocurrió en el lugar más insólito: “Estábamos en nuestra primera gira en Japón y cerraron Disneylandia exclusivamente para nosotros, los performers, para que tuviéramos el parque para nosotros solos. Cheryl Crow y yo estábamos en una tienda de regalos mirando tonterías en la pared y, de repente, Michael apareció de la nada, me tapó el hombro y me dijo: ‘Me encanta cómo estás tocando el solo de Beat It’. En ese momento pensé: ‘Ya está, estoy adentro, esto es real’. Michael nunca te decía ‘estás contratada’, solo te hacía saber que le gustaba lo que hacías... y simplemente nunca te mandaban a casa”.
La maquinaria en vivo: velocidad, triggers y miedos de fanática
Trasladar la perfección de un estudio de grabación a estadios con 80.000 personas exigía una precisión quirúrgica. Batten explica que los conciertos de Michael eran un engranaje donde la música convivía con una puesta en escena descomunal.
“Lo primero que hacíamos era asegurarnos de que los sonidos y las formas de las canciones fueran exactos. Había un esfuerzo enorme puesto en replicar los sonidos de los discos porque eran totalmente artesanales, con capas y capas de cajas de ritmos y redoblantes. Parecía una operación militar con gente moviendo perillas todo el tiempo, especialmente en los teclados y la batería. Aunque había una batería acústica, usaban ‘triggers’; podías golpear el tambor y eso disparaba un montón de sonidos adicionales para que suene gigante en el estadio”.
A esa exigencia técnica se le sumaba un factor físico y psicológico inesperado: el tempo. “Michael quería que las canciones fueran mucho más rápidas en vivo que en los discos, porque la energía con la gente en un estadio es un animal completamente diferente. Cuando me tocaba tocar ‘Beat It’ al principio no se sentía igual, y yo pensaba que era porque estaba nerviosa por estar tocando con el tipo real frente a 80.000 personas. Un mes después escuché un audio de la gira y entendí todo: ¡con razón no se sentía igual, si era muchísimo más rápido que el disco original! Ese era otro de los elementos que él imponía para elevar el show”.
Entre tanta descarga eléctrica, hay un espacio reservado para la emoción pura. Al consultarle por su canción favorita del repertorio, Jennifer confiesa: “Human Nature siempre fue mi preferida. Es una melodía bellísima y me encantaban las partes de guitarra que me tocaba hacer. Además, tenía la imagen visual de él cantando rodeado de luces láser; lo miraba de reojo y parecía que estaba siendo transportado a otro planeta”.
Lecciones para el escenario: el show más allá de la música
Trabajar a la par del Rey del Pop le dejó marcas indelebles que definirían el resto de su carrera artística. Según Batten, la mayor enseñanza no pasó solo por lo técnico, sino por la conexión humana y visual con el público.
“Creo que lo más importante que aprendí es que, cuando estás frente a una audiencia, no se trata solo de la música; hay personas ahí afuera con las que necesitás conectar. Años después, cuando comencé a hacer mis propios shows solistas, tranquilamente podría haber sido la típica guitarrista parada en un rincón mirando sus zapatos. En vez de eso, armé un espectáculo donde tocaba en sincronía con pantallas de cine. Aprendí de él que tenés que entretener a la gente, de lo contrario, sos solo ruido de fondo“.
El salto cuántico: de la superproducción pop a la crudeza de Jeff Beck
Una vez cerrada su etapa junto a Michael Jackson, Batten dio un giro de 180 grados en su carrera artística al unirse a las filas de Jeff Beck, un prócer absoluto de la improvisación y el blues-rock vanguardista de los noventa.
El contraste, según recuerda, fue abismal y profundamente desafiante: “Con Michael había cambios de vestuario, explosiones, bailarines y miles de elementos escénicos. Con Jeff, en cambio, era el 99% pura música. Y eso exigía mucho más de mí: en la banda de Michael éramos dos guitarristas y dos tecladistas armando una gran muralla armónica, así que si en algún momento me equivocaba o me olvidaba de algo, nadie lo notaba. Con Jeff la responsabilidad era absoluta. Además, yo tenía que operar todo un rack de equipos de teclado además de la guitarra. Amaba la música de Michael antes de entrar a su banda, pero la música de Jeff Beck la consumía y estudiaba desde los 14 años; cada disco que salía era como una revelación del cielo para mí”.
La vigencia de los ochenta y el reencuentro con el público
Hoy, a la distancia, Jennifer analiza con cariño el legado de aquella década dorada y celebra que la música de los 80 y 90 siga conectando de forma intergeneracional.
“Los ochenta fueron una de las eras más vibrantes de la música. Cuando armé mi propia banda post-COVID, quise volver a esa raíz de cuando tocaba temas de Van Halen, Yes, Journey o Toto. Ese tipo de música sigue resonando conmigo. Por eso volver a tocar los temas de Michael es algo muy natural: el pop de Thriller nació en los 80, pero es completamente atemporal. No se me ocurre ningún otro artista capaz de juntar a tres generaciones en un mismo show; ves a los chicos descubriéndolo por primera vez, a sus padres y a los abuelos. Hay algo verdaderamente mágico en su música que llega profundo al corazón de la gente”.
Con la misma pasión intacta por hacer sonar su guitarra y ver las caras de felicidad del público coreando los estribillos, Jennifer Batten pisa nuevamente suelo paraguayo para demostrar que las leyendas de los grandes estadios nunca pasan de moda.







