Mac Miller fue un rapero, productor y músico que, en 26 años de vida y con un recorrido musical casi corto para lo mucho que le quedó por dar al mundo, logró convertirse en una de las grandes influencias musicales de la última década.
Por Ross Allende
Su viaje personal fue tan hermoso y caótico como lo fue su viaje artístico. Se lanzó al mundo con canciones que expresaban sus deseos de niño, sus anhelos de adolescente y, con el tiempo, las posibilidades reales de la vida adulta que le tocaba vivir.
Nos mostró caras que normalmente creemos ver en todos los artistas: el dolor, la persecución propia, la soledad dentro de la fama y esa sensación de realización que no termina por componer las áreas de la vida que dejamos desatendidas por perseguir el “éxito”.
La diferencia con lo que he escuchado salir de la boca de otros artistas sobre todos estos sentimientos es que Mac los expresaba no como un peso que la vida le había dado predeterminadamente, sino como un proceso aceptado. Una danza en círculo donde el dolor, el amor y la felicidad son esperados y recibidos como piezas de un puzle que estaban esperando formar la imagen total.
Mac tenía dolor, tenía sus demonios y luchó con sus adicciones. Se levantó, se volvió a tirar y nadó en círculos durante toda su vida. Utilizó cada uno de esos momentos para transmitir un mensaje de aceptación hacia aquello que para él era inherente a la vida.
El arte de atravesarlo todo
En todos sus álbumes, los que sacó en vida y póstumamente, se puede sentir que, así como lloraba sus lágrimas y se cuestionaba su existencia y sus pensamientos, también encontraba algo hermoso en la posibilidad de experimentarlo todo y explayarlo en arte.
Los sonidos, las letras, las armonías y su manera de declamar sus versos como un actor en una obra de teatro tragicómica terminaron de consolidarlo como una clara visión de lo que significa existir como tal. Es eso lo que logró que millones de personas alrededor del mundo, en diferentes momentos, conectaran con su manera de ver el mundo.
Hay canciones que tocan temas sensibles como la depresión, la soledad infinita, lo efímero de la felicidad y la tragedia de atreverse a buscar el amor romántico. Por mi parte, siento que Swimming y Circles son la consolidación de las conclusiones de sus experiencias en dos álbumes: 27 canciones que parecen una autobiografía, un manual de supervivencia y una carta de consuelo para quienes fuimos derrotados por la cruda realidad de que no siempre se sale ganando de las batallas personales.
A pesar de que se fue antes de lo que me hubiese gustado, siento que era tan consciente del camino que estaba recorriendo que no existía en su mente un sentimiento real de amargura por los recuerdos tristes de su vida. En cambio, había un eterno amor por lo que la música y las personas fueron capaces de darle.
Siento que se fue en medio de un caos, de un hermoso caos que logró darle tanto y enseñarle todas las cosas que dejó como mensajes en sus canciones.
Me gusta creer que, donde esté su espíritu, está en paz, está sonriente, está siendo un niño.
Seguir viviendo en sus canciones
Me gusta creer que sabe que hizo mucho por quienes encontraron refugio en su arte al ser quien abriese su caja de Pandora personal y le mostrara al mundo que vivir es doloroso, amar es complicado y perdurar es imposible.
Malcolm James McCormick nació un 19 de enero de 1992 en Point Breeze, Pittsburgh, Pennsylvania. Empezó su carrera a los 15 años, contó con miles de colaboraciones de lujo a lo largo de esta y logró grabar y publicar cerca de 300 canciones, donde habló de sus batallas mentales, el amor que tuvo y perdió, el alivio de aceptar lo que venga y lo pequeño que es el mundo.
Dejó la existencia física un 7 de septiembre de 2018 a sus 26 años, pero nunca dejó de existir en la mente colectiva de los seres humanos que aprecian su arte cuando se encuentran en sus peores batallas, en sus momentos de tranquilidad momentánea, durante viajes largos, pesadillas románticas, dejando su hogar o volviendo a este después de mucho.
Mac dejó una nota para cada momento, guardada dentro de pequeñas galletitas de la fortuna que podemos abrir una y otra vez durante largos minutos, cuando el mundo se vuelve muy ruidoso y nos hace falta su voz para entendernos a nosotros mismos.





