Guillermo del Toro, las fábulas para adultos y la posibilidad de descubrir nuevas formas de mirar la vida.
Por Mavi Martínez
Hay películas que continúan viviendo en nosotros a través de una imagen, una criatura o una pregunta que no sabíamos que necesitábamos hacernos. Para mí las cintas de Guillermo del Toro pertenecen a esa categoría. En sus mundos conviven lo extraño y lo hermoso, el horror y la ternura, la muerte y el deseo de vivir. Sus historias pueden conmovernos sin que terminemos de comprender del todo por qué, como si algo de aquello que imaginó siguiera desplegándose en nuestra propia imaginación.
Creo que esa es una de las posibilidades más hermosas del cine fantástico: permitirnos entrar en mundos que no existen para regresar al nuestro con una mirada distinta.
Pienso en Frankenstein, El laberinto del fauno, La forma del agua y Pinocho, cuatro películas que, aunque parten de universos y tradiciones diferentes, comparten una sensibilidad que me resulta especialmente cercana. En ellas, Guillermo del Toro crea criaturas que desafían nuestras ideas sobre lo posible y personajes que deben encontrar su lugar en circunstancias que no siempre comprenden ni pueden controlar. Hay violencia, soledad y pérdida, pero también una atención especial hacia los vínculos, la fragilidad y la capacidad de sentir.
No creo que la fantasía necesite justificar su existencia por aquello que nos enseña sobre la realidad. Imaginar es, en sí mismo, un acto extraordinario. Crear una criatura imposible, darle una historia, construir un mundo con sus propias reglas y descubrir qué sucede cuando sus habitantes comienzan a vivir dentro de él tiene un valor que no depende de ninguna moraleja. Podemos disfrutar de lo fantástico por su belleza, por su extrañeza, por el placer de descubrir algo que nunca habíamos visto.
Pero también ocurre algo más. A veces, cuando nos permitimos entrar en esos mundos, encontramos otras maneras de pensar la vida. Y quizás por eso algunas películas permanecen con nosotros mucho después de haberlas visto.
La posibilidad de mirar de otra manera
En el cine de Del Toro, los monstruos ocupan un lugar que va más allá de provocar miedo o asombro. Son criaturas con una presencia propia, cuerpos que desafían las formas conocidas y existencias que no siempre encuentran un lugar en el mundo que las rodea. Nos invitan a observar aquello que, en otras circunstancias, quizás miraríamos con distancia o incomodidad.
En Frankenstein, la criatura nace sin haber elegido su apariencia ni las circunstancias de su existencia. Su relación con Víctor Frankenstein, el hombre que le da vida, está marcada por la tensión entre crear algo y asumir la responsabilidad de acompañarlo. La criatura necesita descubrir quién es en un mundo que no le ofrece demasiadas oportunidades para hacerlo.
Me conmueve esa posibilidad de observar una existencia desde el momento en que comienza a descubrirse a sí misma. Antes de ser juzgada por lo que otros ven en ella, la criatura tiene un mundo entero por conocer. Hay curiosidad, desconcierto, deseo de afecto y una necesidad de comprender qué significa estar vivo.
La historia nos permite acercarnos a preguntas que no pertenecen exclusivamente a los monstruos: cuánto influye la mirada ajena en nuestra manera de entendernos, qué necesitamos para sentir que pertenecemos a algún lugar y qué sucede cuando el rechazo se interpone entre nosotros y los demás.
Sin embargo, la criatura no necesita convertirse en una representación exacta de la experiencia humana para despertar nuestro interés. Su existencia imaginaria tiene una singularidad propia. Podemos maravillarnos con ella, sentir inquietud ante su apariencia y, al mismo tiempo, acompañar su búsqueda de sentido.
Algo semejante sucede en La forma del agua, donde Elisa, una mujer muda que trabaja como limpiadora en una instalación gubernamental, establece un vínculo afectivo con una criatura anfibia mantenida en cautiverio. Su relación se desarrolla en un entorno donde el poder busca controlar aquello que considera extraño, peligroso o útil para sus propios fines.
La película imagina una historia de amor que desborda las convenciones y nos invita a contemplar otras formas de intimidad. Elisa y la criatura no comparten el mismo lenguaje ni la misma naturaleza, pero construyen una relación en la que el encuentro importa más que la semejanza.
Hay una libertad particular en esa imaginación. El cine puede crear un vínculo que no necesita ajustarse a las expectativas habituales para resultar conmovedor. Puede permitirnos experimentar una forma de amor que, fuera de ese universo, quizá ni siquiera habríamos considerado.
Y ahí encuentro algo que me interesa de la fantasía: no siempre nos presenta respuestas nuevas; a veces amplía las preguntas que somos capaces de formular. Nos permite salir, por un momento, de los límites de lo conocido y explorar otras posibilidades sin exigirnos que las traduzcamos inmediatamente a una explicación.
La imaginación frente a la crueldad
En El laberinto del fauno, la fantasía aparece en medio de una realidad histórica marcada por la violencia. Ofelia, una niña que llega a vivir con su madre y el capitán franquista Vidal en la España de 1944, descubre un universo de criaturas misteriosas y pruebas que deberá afrontar. Mientras el mundo de los adultos está atravesado por el autoritarismo, la niña encuentra otra dimensión en la que la imaginación y las decisiones personales adquieren un peso decisivo.
Lo fantástico no elimina lo que ocurre a su alrededor. La violencia permanece, y la película no necesita suavizarla para construir su mundo mágico. Ambos universos conviven y se iluminan mutuamente, sin que uno termine de explicar por completo al otro.
Me interesa pensar en la imaginación de Ofelia no solamente como un refugio, sino como una manera de seguir descubriendo posibilidades en circunstancias que parecen querer reducirlas todas. La niña no controla el mundo en el que vive, pero conserva la capacidad de imaginar otros escenarios, de hacerse preguntas y de tomar decisiones.
Esa capacidad no la vuelve invulnerable. La fantasía no puede protegerla de todo ni convertir su historia en un cuento con un desenlace sencillo. Su fuerza está en otra parte: en la posibilidad de que la imaginación siga existiendo incluso cuando el entorno parece empeñado en sofocarla.
Quizás por eso las fábulas siguen teniendo algo que decirnos cuando dejamos de ser niños. No porque debamos regresar a una mirada ingenua, sino porque crecer no tendría que significar renunciar a la capacidad de imaginar. Conocer la crueldad del mundo no nos obliga a aceptarla como la única forma posible de relacionarnos con los demás.
En Pinocho, Del Toro vuelve sobre esa tensión desde otra historia conocida. Su muñeco de madera no encaja fácilmente en las expectativas de los adultos. Es curioso, desobediente, impulsivo y está aprendiendo a vivir en un mundo que pretende enseñarle cómo debe comportarse. La película sitúa esa búsqueda en la Italia fascista, donde la uniformidad y la obediencia forman parte de un proyecto político que busca moldear a las personas.
Frente a ese mandato, Pinocho conserva su singularidad. No es perfecto ni necesita serlo. Su historia se construye a partir de los errores, los vínculos y las decisiones que va tomando mientras descubre qué significa existir.
También está el duelo de Geppetto, que construye al muñeco después de perder a su hijo. La relación entre ambos implica aprender que amar a alguien no significa convertirlo en una copia de aquello que hemos perdido o de lo que esperábamos encontrar. El otro tiene su propia existencia, y el vínculo necesita espacio para reconocerla.
En esta versión de la historia, la vida no adquiere valor por ajustarse a un modelo ideal. Lo extraordinario de Pinocho no es que termine pareciéndose a los demás, sino que su recorrido nos permite acompañar a un personaje que aprende a vivir sin dejar de ser quien es.
La fantasía abre aquí un espacio para pensar la libertad, la identidad y el amor, pero también nos permite disfrutar de la materialidad de ese mundo: la madera, los movimientos del muñeco, las texturas y el trabajo artesanal del stop motion. La imaginación se vuelve visible y tangible. Podemos apreciar el universo creado incluso antes de intentar encontrarle un significado.
La belleza de lo imposible
Hay algo en la manera en que Del Toro construye sus películas que me hace pensar en la belleza como una forma de atención. Sus criaturas no son solamente figuras que cumplen una función dentro de la historia. Tienen cuerpos, movimientos y texturas que parecen reclamar tiempo para ser observados. Sus mundos están llenos de detalles, objetos y espacios que nos invitan a detenernos.
La fantasía se construye también a través de esa paciencia: la de imaginar cómo sería la piel de una criatura que no existe, cómo se movería un muñeco de madera que está aprendiendo a caminar o qué aspecto tendría un lugar donde conviven lo mágico y lo terrible.
En una época en la que tantas imágenes circulan con rapidez, detenerse ante un universo imaginado puede ser una experiencia en sí misma. No hace falta encontrar un mensaje oculto en cada objeto ni traducir cada criatura en una metáfora. Podemos disfrutar de la forma, del color, de la atmósfera y de la posibilidad de contemplar algo que no encontraríamos fuera de la pantalla.
Esa belleza, además, no necesita excluir lo inquietante. En el cine de Del Toro, lo grotesco y lo delicado pueden convivir. Una criatura puede despertar temor y fascinación al mismo tiempo; un escenario puede resultar maravilloso sin dejar de ser amenazante. La experiencia estética no exige que todo sea cómodo o familiar.
Y esa convivencia me parece fundamental. A veces, para descubrir algo nuevo, necesitamos abandonar por un momento la idea de que solo podemos apreciar aquello que comprendemos de inmediato. Hay mundos que primero nos sorprenden, nos desconciertan o nos producen extrañeza, y que solo después comienzan a revelarnos otras posibilidades.
La fantasía nos concede ese tiempo. Nos permite mirar antes de decidir, observar antes de clasificar y permanecer un poco más frente a lo desconocido.
Seguir imaginando
Tal vez inventamos monstruos porque podemos hacerlo. Porque la imaginación no necesita limitarse a reproducir lo que ya existe, y porque hay un placer particular en crear aquello que nunca habíamos visto: una criatura, un paisaje, una forma de vida o una historia que solo puede suceder dentro de un mundo inventado.
Pero también inventamos porque las historias nos acompañan. Nos permiten experimentar otras vidas, acercarnos a experiencias distintas de las nuestras y preguntarnos qué haríamos si habitáramos circunstancias que nunca hemos conocido. A veces nos conmueven; otras, nos inquietan. Algunas nos ofrecen respuestas provisionales y otras nos dejan preguntas que continúan abiertas.
Las películas de Guillermo del Toro reúnen esas posibilidades sin reducirlas a una sola función. Podemos contemplar sus criaturas por su belleza, seguir a sus personajes por el deseo de saber qué les ocurrirá y descubrir, en el recorrido, nuevas formas de pensar el amor, la libertad, la pérdida o la diferencia.
No necesitamos salir de cada película con una lección aprendida. Tampoco necesitamos encontrar en ella una respuesta definitiva sobre cómo vivir. El arte puede acompañarnos sin indicarnos un camino, abrir una puerta sin decirnos qué debemos encontrar detrás de ella.
Y, sin embargo, hay algo que permanece. Quizás sea una imagen, la fragilidad de una criatura o la manera en que dos personajes consiguen encontrarse a pesar de sus diferencias. Quizás sea la sensación de que el mundo podría contener más posibilidades de las que imaginábamos.
En un mundo donde la crueldad existe y tantas veces parece imponerse, me interesa la posibilidad de conservar la sensibilidad sin confundirla con ingenuidad. No se trata de negar el horror ni de imaginar que la belleza puede resolverlo todo. Se trata de no renunciar a la capacidad de asombrarnos, de cuidar, de comprender y de seguir creando.
La fantasía no tiene la obligación de salvarnos de la realidad. Puede, simplemente, ofrecernos otros mundos en los que detenernos, vivir historias que no nos pertenecen y descubrir preguntas que no habíamos considerado. A veces, al regresar de esos mundos, miramos de otra manera aquello que siempre estuvo delante de nosotros.
Quizás esa sea una de las razones por las que sigo encontrando algo especial en las películas de Guillermo del Toro. Sus criaturas existen porque alguien se atrevió a imaginarlas, y sus historias nos permiten acercarnos a lo desconocido sin tener que resolverlo por completo.
Inventar monstruos, entonces, también puede ser una forma de celebrar todo aquello que la imaginación todavía es capaz de crear. Y descubrir, entre sus cuerpos imposibles y sus historias extraordinarias, que siempre hay nuevas maneras de mirar la vida.







