“Frankenstein”: ¿La obra maestra de Guillermo del Toro?
Es imposible hablar del Frankenstein de Guillermo del Toro sin hacer un paso rápido por aquella primera versión que está a poco de cumplir 100 años como el primer largometraje del monstruo, para sumergirnos en esta nueva reversión.
Por Akacuervo
La primera vez que se veía al monstruo de Frankenstein fue en 1910 en un cortometraje, pero no fue hasta 1931 con la película de James Whale, basada principalmente en una obra de teatro de 1927 de Peggy Webling. Aunque la obra teatral se basa a su vez en la novela de 1818 de Mary Shelley, la adaptación cinematográfica utilizó el libreto teatral como guía principal, lo que resultó en diferencias significativas con la novela original.
Y es con esta película y con la figura del monstruo con la que estamos más familiarizados: el monstruo de 1931 en blanco y negro con el gran Boris Karloff encarnándolo. Mucho más tosco en sus movimientos y sin mucho diálogo, es el filme que marcaría la fisionomía de los años siguientes.
A lo largo de la filmografía de Guillermo del Toro, sus personajes encarnaron a los rechazados, desde “Hellboy” hasta aquel hombre anfibio al que dio vida en “The Shape of Water”, cargados de inocencia, humanidad, sentimientos y justicia. El monstruo de Frankenstein no es la excepción y es más, me atrevo a decir que este monstruo trae un poco de todos los otros a los que, a lo largo de su carrera, dio vida; pero también hay mucho de su creador.
Porque hablamos de una reversión, “Frankenstein” siempre fue el anhelo de Del Toro. Aquel monstruo tosco lo había hipnotizado desde muy niño; desde su visión, reescribe y homenajea a su modo a Mary Shelley y a esa novela que ya hablaba de un moderno Prometeo.
Del Toro se arriesga, se toma libertades y nos entrega un cuasi cuento de dos partes: la versión del creador, Víctor Frankenstein, y la versión de su creación. Es esa capacidad y sutileza que tiene Del Toro de poder introducirnos en sus historias como en un cuento lo que nos cautiva y nos atrapa, como en “El laberinto del fauno” y en su versión oscura de “Pinocho”; con esa mezcla de horror y sensibilidad logramos empatizar y nos reflejemos con esos personajes rechazados.
Las primeras imágenes nos sitúan en un desierto de nieve, un barco encallado en la inmensidad del hielo donde podemos sentir el frío en ese escenario blanco e inhóspito que se rompe con un grito feroz y con toda la ira del mundo: ¡VÍCTOR! Grito que se fusiona con el sonido del viento, y la ferocidad y la ira que casi no tiene rostro irrumpe la pantalla. Del Toro le dio una estética sucia, desgarrada, pertrecha y salvaje a la primera imagen que tenemos del monstruo; con esa secuencia comienza la primera parte de la historia y es ahí donde Del Toro construye al personaje de Víctor.
Un niño bajo las exigencias de un padre severo donde las demostraciones de amor y cariño están totalmente ausentes, donde sí está presente el castigo y la indiferencia. En ese contexto Víctor se va formando y va moldeando su carácter refugiándose en su madre. Todo esto se desarrolla con una cinematografía y estética que compone Del Toro y que no tiene desperdicios: los colores, el vestuario, los encuadres, el entorno... Si en el “Nosferatu” de Robert Eggers sus escenas eran composiciones fotográficas oscuras y lúgubres, en el “Frankenstein” de Del Toro son como cuadros gigantes de los grandes salones de épocas victorianas.
En ese tributo que Del Toro imaginó y creó para Mary Shelley, dentro de esas libertades lo que le da vida y carácter a Víctor es la muerte de su madre, su refugio. Y el amor de aquel más que padre, su maestro, el autoritario y renombrado doctor que no pudo salvar a su madre, acontecimiento que lo marcaría para toda la vida.
Víctor se obsesiona con la muerte y con poder crear vida. Cuestionado por sus ideas en esa época —y por las creencias hasta hoy en día—, sigue adelante. Experimenta, lo intenta, lo demuestra, se frustra y lo sigue intentando, hasta lograr conseguir crear al “monstruo”.
Es en todo este proceso que vemos al Víctor creador, sin escrúpulos, obsesionado por sus deseos; es donde también vemos las primeras flaquezas de la película. Oscar Isaac es quien lo encarna; si bien la cinematografía grandilocuente y espectacular cubre algunas falencias, al Víctor de Isaac le falta espíritu, le falta dramatismo y que le creamos sus desbordes de locura en su búsqueda de crear vida. En el caso de Christoph Waltz, que encarna al benefactor de Víctor, Del Toro desaprovecha al actor: lo que Waltz hace en la película es casi un cameo.
Sí destacar la actuación de Mia Goth en el papel de Elizabeth, la mujer que siente y ve al “monstruo” más allá de un experimento y que también es una de las libertades que Del Toro se toma: esa especie de relación cuasi maternal con el “monstruo”. Es con ella que podemos ver al “monstruo” calmo, donde encuentra lo que más adelante, en un pedido desesperado, hace a su creador: que le dé vida a una compañera.
Ya Shelley en su obra plasmaba el deseo de que el monstruo adquiera conocimientos y pueda vivir entre humanos; en esta reversión Del Toro le da voz al monstruo y él mismo nos cuenta su versión de la historia, reforzando su humanidad. Es en ese relato donde todo se hace más lento, Del Toro nos pierde, se hace todo muy largo y tedioso; pareciera que no estamos viendo la misma película y es ahí también donde podemos ver algunas falencias técnicas de un CGI bastante cuestionable para lo que nos tiene acostumbrado el director.
No podemos obviar la actuación de Jacob Elordi; su interpretación no incomoda, lo hace bien, sin muchas exageraciones, demuestra rabia, furia y por momentos es casi un niño que muestra fragilidad y esa soledad que lo envuelve; eso conmueve. La imagen que Del Toro le da al monstruo no está mal. Esa textura de pedazos de piel cosidos de tonos diferentes donde predomina el gris y la imagen de lo que es, un cadáver que volvió a la vida; eso sí, una versión más amigable de uno de los primeros zombis de la historia del cine.
Del Toro se toma su última libertad llegando al final cuando las dos historias se juntan en una última escena; ese final se siente un poco abrupto, rayando lo cursi, en las últimas palabras que recaen en Víctor.
“Frankenstein” de Guillermo del Toro es el proyecto de su vida o lo que soñó hacer desde siempre. En parte es él en esta reversión un tanto edulcorada, tributo a su creadora, en la que reflexiona sobre la culpa, las creencias religiosas, sus creencias y sensibilidades, y la relación padre e hijo. ¿Cumple como reversión? ¡Sí! ¿Llega a ser la obra maestra del director? Como leí por ahí, ¡creo que no! Te puede gustar más o te puede gustar menos, pero es una película que no te deja indiferente.
Lo que sí me queda y ha trascendido a través de la historia en todo este tiempo, se refleja en la escena cuando el creador le dice tocándole el pecho a su creación su nombre: ¡VÍCTOR! Y su creación se toca el pecho y se dice a sí mismo: ¡VÍCTOR! Aquel “monstruo” que se supo humanizar más que su creador se quedó con su apellido para siempre: FRANKENSTEIN.
No podrías estar leyendo esta reseña sin la obra de Mary Shelley, así que la reivindico en cada una de las versiones que se hicieron hasta nuestros días de su novela. Porque en cada una de ellas, es Ella la que le dio, le da y le dará vida a Víctor Frankenstein y al monstruo, su moderno Prometeo, hasta el fin de los tiempos.