Marty Supreme: ¿Timothée Chalamet huele a Oscar?
Tras el éxito de Diamantes en bruto, el thriller protagonizado por Adam Sandler, los hermanos Safdie se tomaron un descanso de la dirección. La casualidad quiso que, con apenas meses de diferencia, ambos estrenaran películas por separado. Benny Safdie presentó The Smashing Machine, mientras que Josh Safdie apostó fuerte con Marty Supreme, un filme con sabor a clásico instantáneo.
Por Yosué Ayala
Un Oscar para Timothée
Marty Supreme está inspirada libremente en la vida de Marty Reisman, un jugador de ping-pong estadounidense que se convirtió en el más veterano, con 67 años, en ganar una competencia nacional de deportes de raqueta.
Timothée Chalamet irradia magnetismo. Su personaje es un buscavidas decidido a convertirse en campeón de ping-pong, todo esto en los años 50: un contexto marcado por la posguerra y el triunfo estadounidense.
El gran poder de Marty radica en su habilidad para la persuasión. Chalamet es el centro de atención: su personaje realiza una serie de acciones cuestionables y es difícil decidir si amarlo u odiarlo. Su ambición desmedida lo empuja por caminos que pueden hacer que uno simpatice con él, pero a la vez te dejan pensando: si yo conociera a alguien así en la vida real, lo odiaría. Y ahí aparece la pregunta que queda flotando: ¿Marty es un héroe o un villano?
Chalamet recuerda a Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street (2013), o a los personajes de Josh O’Connor y Mike Faist en Challengers (2024): personas dispuestas a hacer lo que sea con tal de lograr sus objetivos. De hecho, varias secuencias de Marty Supreme recuerdan a la película de Guadagnino, pero el diferencial de Chalamet frente a los actores mencionados está en su capacidad de moverse entre el drama y la comedia de forma magistral.
La cinta maneja tonos de humor negro. De hecho, el personaje de Chalamet llega a hacer bromas sobre el Holocausto: un acto de valentía o estupidez que deja ver la psicología de este hombre. En su mente, lo único importante es él mismo.
El triunvirato actoral
Gwyneth Paltrow y Odessa A’zion brindan buenas actuaciones. Ambas mujeres caen en las garras del personaje de Chalamet, aunque A’zion es quien más se destaca al irradiar una química sólida con Marty, incluso si su personaje se siente desdibujado por momentos.
Los personajes femeninos en esta cinta parecen deshumanizados, lo cual podría ser una decisión narrativa: la historia está contada desde el punto de vista de Marty, quien ve a las personas como meros objetos o como obstáculos en su camino al éxito. Especialmente en el caso del personaje de A’zion, que desde mi punto de vista es la verdadera víctima en todo esto.
Una montaña rusa narrativa
La dirección a cargo de Josh Safdie es magistral. La cámara acompaña a Chalamet, quien es puro nervio y crea así una atmósfera vibrante y agobiante.
La banda sonora, por su parte, es anacrónica: a lo largo del filme escuchamos canciones de los años 70 y 80, de bandas como Tears for Fears y New Order, lo que le da a la historia un tono moderno. Y tiene sentido, porque Marty, en ciertos aspectos, es un adelantado a su tiempo.
Otro punto interesante es cómo la cinta plasma las posiciones de poder y cómo los poderosos juegan con los sueños de quienes tienen menos posibilidades, todo esto a través de las peripecias que atraviesan los personajes de Chalamet y Paltrow.
También cabe destacar el toque autoral: la recreación de época se siente genuina y no sacada de un catálogo. El filme de Safdie tiene personalidad, desde la puesta de cámara hasta el diseño de producción, elementos que van en armonía con el caos interno y externo del protagonista. Logra convertir algo convencional en un espectáculo, siendo el final el único momento que se siente algo anticlimático.
¿Romperá Chalamet la maldición?
Chalamet tiene grandes posibilidades de alzarse con su primer Oscar. Su astucia para elegir proyectos, sumada a su buen trabajo, tal vez rindan frutos esta vez… aunque si algo nos enseñó la Academia es que los premios pueden ser impredecibles.
Pero más allá de que gane o no, Marty Supreme ya se ganó su lugar como futura cinta de culto y quizá marque un nuevo paradigma sobre cómo hacer una biopic.