América es un continente, no un país: La bofetada cultural de Bad Bunny

Ayer no vimos un simple show. Vimos una toma de poder. Lo que Bad Bunny hizo sobre el escenario no fue solo cantar hits; fue recordarnos, en horario estelar y sin pedir permiso, qué rico es ser latino.

Por Mavi Martínez

El show no empezó con luces neón ni explosiones. Empezó con el silencio del respeto: un homenaje a la gente trabajadora del campo. Ver esa transición de la tierra arada al escenario más lujoso del planeta fue el primer golpe al corazón. Benito no olvidó de dónde viene la comida, de dónde viene la fuerza y de dónde viene el sudor. Fue un recordatorio de que antes de la fama, estuvo la siembra.

El barrio no se vende, se celebra

La estética no fue de Hollywood, fue de nuestras calles. Los vendedores de jugos, los tacos, el brillo de las joyas baratas y las mujeres perreando "sin miedo" porque, como dice la canción, ellas perrean solas y bajo sus propias reglas.

Bad Bunny montó la fiesta más grande del mundo y nos invitó a todos. Fue una escena sacada de cualquier domingo nuestro: el ritmo, el flow, y hasta el niño durmiendo en la fila de sillas plásticas mientras los adultos celebran. Esa es nuestra esencia: la familia, el caos y la alegría como resistencia en un mundo que a veces se siente opresivo.

El "Jaque Mate" de Lady Gaga y la clave de salsa

Si hubo un momento que rompió el internet, fue la aparición de Lady Gaga. Pero no la Gaga de siempre. Vimos una versión que parecía salida de un West Side Story moderno, cantando "Die with a smile" en clave de salsa.

Fue el jaque mate cultural más lindo de la historia. Ver a una potencia del pop global rindiéndose al ritmo latino no fue solo un lujo, fue una validación. Como bien se sentía en el ambiente: de aquí podría salir un musical que emplee mano de obra latina por años. Fue la prueba de que nuestra cultura no es una tendencia, es el motor del mundo.

El grito político: Puerto Rico no es un producto

Cuando Ricky Martin subió al escenario para cantar "Lo que le pasó a Hawaii", el aire se volvió pesado. No era solo una canción; era una denuncia contra los apagones, contra el sufrimiento de una isla que se resiste a ser vendida.

Benito y Ricky le recordaron al mundo que nuestras tierras no son productos de fácil compraventa para los de arriba. Fue un mensaje claro para "los más grandes": seguimos aquí y vamos a defender lo que es nuestro.

No fue solo escenografía; fue lo que el teórico Mijaíl Bajtín llamaba carnavalización. Bad Bunny invirtió las jerarquías del mundo: llevó el barrio al palco de los poderosos y obligó al sistema a mirar aquello que suele ignorar. Fue una toma de poder simbólica donde el 'rascuachismo' latino —esa belleza de lo cotidiano y lo popular— se coronó frente a millones.

"God Bless América" (La de todos nosotros)

Al final, cuando Benito pronunció su nombre completo en español y nos recordó que "vales más de lo que piensas", el mensaje fue para el niño que estaba viendo el televisor en cualquier rincón del continente.

El "God Bless America" no fue para una bandera de 50 estrellas. Fue para América, el continente completo, desde la Patagonia hasta el Caribe. Fue un llamado a bailar sin miedo y amar sin miedo, porque el derecho a soñar no tiene fronteras.

Cerró con "Debí tirar más fotos", pero no hizo falta. Lo que vivimos ayer se quedó tatuado en la memoria colectiva. Bad Bunny no ganó un Grammy anoche, le dio un Grammy al sueño de cada latino que alguna vez se sintió pequeño.

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