Herencias del pulso: influencias de los bateristas paraguayos
La batería casi nunca está adelante, pero siempre manda. Marca el pulso, sostiene el tiempo, empuja y abraza. En Paraguay, como en tantos otros lugares, cada baterista es también un heredero: de maestros visibles e invisibles, de discos gastados, de conciertos reveladores, de vínculos familiares y encuentros fortuitos. Preguntar por las influencias no es un ejercicio de nostalgia: es una forma de entender de dónde viene el sonido que hoy nos mueve. Al consultar a bateristas paraguayos de distintas generaciones y escenas, apareció algo claro: el ritmo no se hereda en línea recta, sino en espiral.
Por Mavi Martínez
¿Por qué el 22 de diciembre?
El Día del Baterista Paraguayo se celebra cada 22 de diciembre en homenaje a Nene Barreto, figura fundamental de la música nacional y uno de los grandes arquitectos del ritmo en Paraguay. Barreto no solo fue un baterista extraordinario, sino también un pionero: alguien que ayudó a definir una manera de tocar, de acompañar y de entender la música desde el pulso. Su legado vive en cada redoble discreto, en cada groove bien puesto, en esa forma de sostener la canción sin necesidad de protagonismo. Recordarlo en esta fecha es recordar que la batería también construye identidad, que el tiempo se aprende mirando y escuchando a quienes marcaron el camino.
Herencias del pulso: influencias de los bateristas paraguayos
La batería casi nunca está adelante, pero siempre manda. Marca el pulso, sostiene el tiempo, empuja y abraza. En Paraguay, como en tantos otros lugares, cada baterista es también un heredero: de maestros visibles e invisibles, de discos gastados, de conciertos reveladores, de vínculos familiares y encuentros fortuitos. Preguntar por las influencias no es un ejercicio de nostalgia: es una forma de entender de dónde viene el sonido que hoy nos mueve.
Al consultar a bateristas paraguayos de distintas generaciones y escenas, apareció algo claro: el ritmo no se hereda en línea recta, sino en espiral.
Una familia, un linaje, un pulso compartido
En el centro de varias respuestas aparece un nombre que no necesita demasiada presentación: Toti Morel, histórico baterista paraguayo, figura fundamental del jazz local y exintegrante de Pro Rock Ensamble. Su influencia no es solo musical, sino vital.
Sus hijos, Julieta Morel (Band’Elaschica, Majuja Trío) y Víctor S. Morel (Joaju, Guerrillasoul, además de gestor cultural incansable), lo nombran naturalmente entre sus referencias, junto a nombres como Brian Blade, Marcus Gilmore, Elvin Jones, Roy Haynes o Greg Hutchinson. En sus elecciones hay modernidad, búsqueda, riesgo; pero también hay raíz. No hace falta subrayarlo demasiado: cuando el ritmo se aprende en casa, se vuelve idioma materno.
El propio Toti, al mencionar a Riolo Alvarenga, Clavelito Areco, Elvin Jones y David Garibaldi, traza una línea que conecta tradición paraguaya, jazz, groove y apertura estilística. Tres generaciones, un mismo latido: el tiempo como herencia viva.
Rock, groove, energía y forma de canción
Desde otro lugar del espectro aparece Guille Gayo (Flou), quien habla de influencias que no solo moldearon su manera de tocar, sino también de componer. Dave Grohl y Taylor Hawkins representan la pegada, la simpleza eficaz y la energía directa; Manu Cena deja la marca del beat como constructor de atmósferas; Abe Laboriel Jr. aporta peso, groove y soltura.
Gayo lo dice con claridad: cada estilo deja algo. Y aunque nombra muchos más —Bonham, Colaiuta, Ilan Rubin— queda flotando una idea fuerte: la batería como arquitectura de la canción, no solo como potencia.
Esa primera fascinación casi infantil reaparece en el relato de Walter Rodríguez, quien participa de diferentes proyectos, y que recuerda a Lars Ulrich sacando la lengua y tocando el crash de pie, antes de descubrir la profundidad de John Bonham y, más tarde, la elegancia definitiva de Steve Gadd. Hoy, su conexión emocional pasa por Martín Carrizo, a quien recuerda con respeto y cariño. El camino es claro: del gesto al sonido, del impacto a la conciencia.
Lenguaje, identidad y mestizaje
En Gonzalo Resquín (LaNuestra, Pedro Martínez Trío, Lizza Bogado, director de Druma) la palabra clave es lenguaje. Su primer gran referente, Oswal González, no solo fue maestro, sino ejemplo de cómo fusionar técnica, elegancia y folclore paraguayo sin perder identidad. Dave Weckl aparece como faro técnico y estético; Matt Cameron como vínculo con una adolescencia grunge intensa; y Cleber Almeida como revelación definitiva: adaptar ritmos tradicionales a la batería sin traicionar su esencia.
Ahí se condensa una de las búsquedas más profundas del baterismo actual: cómo llevar nuestros ritmos a un instrumento global sin que pierdan su acento.
El jazz como conversación
Para Seba Ramírez, egresado del Berklee Global Jazz Institute, las influencias mutan con el tiempo. Hoy dialoga especialmente con Paul Motian y Roy Haynes, y reconoce la marca directa de Francisco Mela y Terri Lyne Carrington, no solo como referentes, sino como mentores cercanos. En su mirada, la batería es conversación, escucha, espacio. Menos golpe, más sentido.
Groove, oficio y curiosidad
Otros eligen hablar solo con nombres, y aun así dicen mucho. Diego Riveros (Deliverans, Iván Zavala, director de Druma) menciona a Jeff Porcaro, Stewart Copeland, Benny Greb y Mike Johnston: precisión, personalidad, groove y pedagogía moderna. Suficiente para imaginar un mapa sonoro amplio y consciente.
Algo similar ocurre con Marcelo Soler (Kita Pena, ex Ripe Banana Skins, ex Salamandra), que incluye entre sus influencias a Ariel Soler —su hermano mayor— junto a Chris Dave, Dave Weckl y Danny Carey. En ese primer nombre hay una historia íntima: descubrir que antes del DJ reconocido hubo un baterista, y que también ahí hay herencia.
Metal, punk, velocidad y matemáticas
Desde la escena más pesada, Kenny Isasi (Piter Punk) habla del impacto físico de John Bonham, de la brutalidad fundacional de Joey Jordison y de la admiración cercana por Hernán Comas y Marcelo Soler, vistos siempre desde el mejor ángulo del show: el del aprendiz atento.
Monse Diamond (Nightbound) traza un recorrido claro: Dave Lombardo e Igor Cavalera como puertas de entrada al metal extremo, ambos con raíces latinoamericanas; Stewart Copeland como modelo de creatividad e improvisación; y Danny Carey como obsesión contemporánea, donde la polirritmia se vuelve matemática aplicada a la emoción.
Cerrar el círculo
Las listas son largas, diversas, a veces contradictorias. Jazz, rock, metal, folklore, fusión. Pero hay algo que se repite en todas las respuestas: nadie toca solo. Cada golpe lleva otros golpes adentro. Cada ritmo nuevo dialoga con una historia previa.
Celebrar el Día del Baterista Paraguayo es también esto: reconocer a quienes vinieron antes, agradecer a quienes nos formaron y seguir tocando para que el pulso no se corte. Porque mientras haya alguien marcando el tiempo, la música sigue viva.