El descenso a las sombras de Barrunto

Hay piezas teatrales que no comienzan cuando se apagan las luces, sino cuando el cuerpo del espectador reconoce que está entrando en un territorio hostil. En el sótano del histórico Espacio Cultural Staudt, el descenso por las escaleras angostas funciona como un prólogo físico. El aire se vuelve denso, el espacio se cierra y, para cuando nos sentamos frente a la propuesta de Mario Arietto, ya hemos aceptado la asfixia. Bajo la dirección de un agudo Jorge Báez, Barrunto no busca informarnos sobre el abuso; busca que sintamos el peso de su impunidad.

Por Mavi Martínez

La trama, inspirada en la dialéctica de Thomas Bernhard, nos presenta el choque entre Selene, una camarera de hotel, y Vicente, un intelectual cuya moneda de cambio es la filosofía. Pero la obra evita el binarismo fácil. Aquí, la verdad no es un objeto que se encuentra, sino una construcción que se desmorona.

La arquitectura del miedo

El verdadero triunfo de esta puesta radica en cómo utiliza sus limitaciones espaciales. El diseño de iluminación de Martín Pizzichini es, en sí mismo, un narrador implacable. Pizzichini no solo ilumina; agrede. Sus juegos de penumbra obligan al ojo a buscar desesperadamente un rastro de honestidad en el rostro de las actrices, solo para ser golpeado por ráfagas de luz inesperadas que nos dejan expuestos, recordándonos que el silencio del público es, a menudo, una forma de complicidad.

En este cuadrilátero de sombras, Noelia Ibarrola y Natalia Nebbia ejecutan una danza actoral de una precisión quirúrgica. No hay movimientos desperdiciados. La disposición del espacio y el eco natural del sótano permiten que sus voces nos envuelvan como una presencia fantasmal; incluso cuando dan la espalda, su presencia sonora es total. Ibarrola y Nebbia transitan con una facilidad aterradora entre la vulnerabilidad más descarnada y una tiranía defensiva, obligándonos a habitar una gama de emociones que van del horror a la lástima, sin escalas intermedias.

El veredicto de la conciencia

¿Qué nos queda al final, cuando el eco de las voces se apaga en las paredes del Staudt? Alguien podría argumentar que Barrunto nos cuenta una historia que ya conocemos: que el poder corrompe y que la justicia es un lujo de quienes tienen el lenguaje a su favor. Sin embargo, la genialidad de esta dirección no reside en la novedad del mensaje, sino en la comunión del rechazo.

Al salir de ese sótano y volver a la superficie, el espectador no sale aliviado. Sale consciente. La obra logra lo que el teatro político rara vez consigue sin caer en el panfleto: nos hace sentir que, mientras el mundo decide mirar hacia otro lado, nosotros —por lo menos durante una hora, en la oscuridad de un subsuelo— decidimos quedarnos a mirar.

Barrunto es, en última instancia, un ejercicio de resistencia sensorial. Una invitación a no estar solos en la indignación, confirmando que, aunque la realidad sea una capa de manipulaciones, nuestra capacidad de sentir horror frente a la injusticia sigue siendo, por suerte, indivisible.

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