Cuando el volumen manda

En una jornada donde el asfalto cedía ante la distorsión, el contingente de Paraguay no solo subió al escenario sino que se adueñó de él. No hubo espacio para la timidez. Lo que vimos fue un despliegue de fuerza bruta diseñado para levantar el polvo y desafiar a los elementos en una liturgia de decibelios y sudor. Este es un recuento que sirve para dejar constancia de la historia que siguen haciendo las bandas nacionales en grandes festivales.

Texto de Mavi Martínez y fotos de Kevin Cabrera para Sintonía.

NOD: El despertar bajo el fuego

Bajo un sol inclemente que parecía querer derretir los amplificadores, NOD tuvo la tarea hercúlea de abrir el día. Pero lejos de amilanarse, la banda operó con una precisión admirable, sosteniendo un set enérgico que sirvió como el café más cargado de la mañana para los primeros valientes frente a la valla. Tras un silencio discográfico de varios años, su regreso se materializó en “Voces”, un corte que se entrelazó con su catálogo histórico para recordarnos que su esencia sigue intacta: cruda, eléctrica y necesaria.

Kuazar: Metal con memoria y sangre

Desde Ciudad del Este llegó Kuazar, portando esa potencia volcánica que se ha convertido en su firma personal. Lo de Kuazar no es solo metal, es una declaración sociopolítica envuelta en riffs demoledores. Cuando sonó “Machete che pope”, el aire cambió. La conexión con la Guerra contra la Triple Alianza no fue solo una referencia histórica, sino una descarga de catarsis colectiva. Ver puños en alto acompañando la intensidad de “There for Me” confirmó que la banda no solo tiene seguidores, tiene un ejército que estuvo al pie del cañón para disfrutar el resto del set que incluyó canciones de sus dos discos.

Steinkrug: El rock and roll nunca duerme

Si alguien sabe de kilometraje y fidelidad, es Steinkrug. Su set fue una clase magistral de rock directo, sin aditivos ni concesiones. Es esa electricidad pura que no necesita trucos visuales porque se sostiene en el oficio. Con una propuesta que se siente tan consolidada como un roble, la banda reafirmó su vigencia: el rock en Paraguay no está en retirada, está más vivo y eléctrico que nunca bajo el mando de estos veteranos de la distorsión.

Villagrán: Amalgama al caer la noche

El cierre de este bloque quedó en manos de Villagrán, quienes demostraron por qué son los alquimistas del género. Su repertorio fue un viaje de matices intensos donde el rock funcionó como la columna vertebral de un cuerpo en constante mutación. Hubo momentos de pura fraternidad escénica: la nostalgia compartida en “Verano del 99” junto a Chirola, y esa colisión tectónica en “La brutal”, donde la presencia de Josema (Kuazar) transformó el escenario en un campo de batalla punk al fundirse con “Señorita”.

Pero Villagrán no teme a la belleza. La aparición del violín de Franco Pinazzo en “Vendrás” aportó una elegancia melancólica antes de que “Música pesada” y “Ritmo subtropical” volvieran a encender la hoguera. Al final, con el barro bajo las botas y la lluvia amenazando en el horizonte, Miky González cerró la jornada con un mensaje de gratitud a los héroes anónimos —el equipo técnico— que mantuvieron el barco a flote. Fue el cierre perfecto de la comitiva nacional para una jornada donde la música paraguaya demostró que, sin importar el clima, siempre sabe cómo incendiar la casa.

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