Lorde: Lo más cercano a la magia en Asunciónico

El paso de Lorde por Asunciónico fue uno de los momentos más singulares del festival. La artista neozelandesa ofreció un concierto que combinó intimidad, intensidad y una conexión poco habitual con el público, en una presentación donde cada gesto y cada canción parecían construidos desde un lugar demasiado personal. Fue así un show que no se limitó a nada más que suceder, sino que pareció envolver por completo a la gente, como un hechizo.

Por Mavi Martínez

Resulta difícil explicar cómo una propuesta puede ser, al mismo tiempo, tan simple y tan compleja. En apariencia, el show de la artista neozelandesa evita los excesos: no hay artificios innecesarios ni gestos grandilocuentes. Pero en esa misma contención se esconde una intensidad poco habitual. Cada movimiento, cada palabra y cada silencio parecen atravesados por un proceso interno que se revela en escena.

Desde el inicio, con canciones como “Royals”, “Hammer” y “Buzzcut Season”, quedó claro que el repertorio funcionaría como un recorrido emocional por distintas etapas de su carrera. Temas que hablan de identidad, de crecimiento, de contradicciones y de una sensibilidad que ha sabido conectar con toda una generación. Todo sostenido por una banda que no se limita a acompañar, sino que expande cada canción hacia una dimensión más amplia, casi etérea.

Pero lo que terminó de definir la noche fue la manera en que Lorde se relaciona con su público. Lejos de la pose de popstar, su presencia se construye desde una genuinidad difícil de fingir. No hay distancia. Hay cercanía, complicidad, pequeños gestos —una risa, una mirada, una interacción constante— que van tejiendo un vínculo poco habitual en escenarios de esta magnitud.

En un momento del concierto, lo dijo con claridad: “This is such a special place… it’s really real, really raw. You’ve got nothing to hide. I feel so lucky to be here”. Más adelante recordó que comenzó a hacer música a los 16 años, que hoy tiene 29, y que probablemente muchos de los presentes crecieron junto a sus canciones. “We are close to the magic”, dijo. Y por un instante, la frase no sonó exagerada.

La puesta también jugó un papel clave. Ante las limitaciones técnicas del recinto, su equipo optó por un diseño de luces que evitó lo espectacular para apostar por lo inmersivo. Estrobos, sombras, movimientos fragmentados y una coreografía precisa construyeron un clima que oscilaba entre lo íntimo y lo hipnótico. Las cámaras, integradas como un elemento más del espectáculo, amplificaban esa sensación de cercanía, como si cada gesto fuera parte de una narrativa mayor.

El concierto avanzó en actos, alternando momentos de energía con otros de profunda introspección. Canciones como “Sober”, “Supercut” o “The Louvre” mantuvieron el pulso del show en constante movimiento, mientras que “Liability” expuso uno de los momentos más vulnerables de la noche. Más adelante, “Team” y “Green Light” devolvieron la explosión colectiva, transformando al público en un coro que acompañaba cada palabra.

Hacia el final, el gesto de bajar hacia la gente para interpretar “David” junto a los fans reforzó esa idea de cercanía radical. Y en el encore, “Ribs” cerró el concierto con una carga emocional que terminó de condensar todo lo vivido.

¿Qué más da si fue solo un momento en la vida? Bastaron esas horas para salir del predio con la sensación de haber atravesado algo distinto, como si una corriente de aire fresco hubiera interrumpido la inercia del festival.

Porque lo que Lorde propuso en Asunciónico fue una experiencia que, por momentos, pareció rozar algo difícil de nombrar. Algo que, tal vez, se acerque a la magia.

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