“Decís que sos rockero y no conocés Los Redondos”
“Decís que sos rockero y no conocés Los Redondos”, me dijo un compañero de la escuela en Santísima Trinidad, no sé hace cuánto tiempo, pero estaba en quinto grado. Me había mudado recién porque a mi papá lo echaron del trabajo. De chico me interesó el rock, me cambió la vida y me la sigue cambiando cada día.
Por Diego Díaz
No lo niego, me ofendí y, con la superioridad moral que caracteriza al rockero, le respondí que el rock and roll era en inglés, era Guns, AC/DC y Nirvana. Qué vergüenza que me da leerme. Una de las cosas que odio del rock es que constantemente estamos compitiendo el uno con el otro, y casi siempre el otro sabe menos que vos.
En ese momento, escuchar música era limitado para todos. Año 2003 o 2004, no me acuerdo. Era la radio o discos piratas del mercado. Nunca le volví a dar bola a Los Redondos porque yo quedé convencido de que aquella vez había ganado. Y de lo que me perdí.
Pasó el tiempo y fue en algún programa de la Rock & Pop que escuché por primera vez al Indio. Fue en una cortina de quién sabe qué programa que sonaba Mariposa Pontiac y Mi perro dinamita. Estaba bien; en ese momento no me llamó tanto la atención lo que escuchaba como para ponerme a investigar. Hasta que llegó el día en el que pude salir a la calle.
Mi familia nunca fue muy culta: una familia de bien ligada a la iglesia. Y quién peor para salir a conocer el mundo que un cristiano. Para aquella época ya conocía unos cuantos temas de Los Redondos, o los Redonditos o Patricio Rey, nunca el nombre completo: Yo Caníbal, La bestia pop, Un poco de amor francés y Jijiji. “Esa risa perversa”, como decía el mismo Indio Solari, entró a mi vida y nunca más desapareció.
Ya de grande, con conflictos, deudas, desamores y excesos, el álbum Oktubre daba permanente ambiente a la juntada con los amigos del barrio y la universidad. Porque yo fui a la universidad y ahí aprendí sobre Los Redondos y algo de periodismo. Fue ahí que toqué en la guitarra temas de Patricio Rey con mi banda de rock fracasada, entendí a qué hacía referencia Oktubre y comencé a salar las heridas.
No lo niego, y debo decirlo porque mis conocidos me lo reclamarán: al principio fue una banda más. Como Soda y Sumo: bandas geniales, pero solo bandas. Luego, Los Redondos y el Indio despertaron en mi psiquis impresiones combativas, de forma clara por las letras del Indio, que muchas veces parecen ambiguas pero están cargadas de política y son más ricas que la mera apología al divague.
”Decís que sos rockero y no conocés Los Redondos”, hoy me acordé de lo que me dijeron hace 23 años aproximadamente. Será por algo que lo sigo teniendo tan presente. ¿Será que el fanático del rock está siempre en la interminable búsqueda de convertirse en realidad en un rockero? Cada tanto aparece de vuelta el debate sobre lo que es rock y lo que no. El Indio también participó de esa discusión y siempre salió a favor de las nuevas expresiones musicales que repatriaron el sentido crítico del rock. “Fíjate de qué lado de la mecha te encontrás, con tanto humo el bello fiero fuego no se ve”, escribió Solari para los que no tienen tan claro cuál es la finalidad más noble del arte.
Se fue el Míster, quedó su legado: la poesía, la marginalidad, la libertad, el amor, el dolor, la revolución.
Otras reflexiones
Lo que ocurre con el Indio parece ser similar a lo que ocurre con los políticos de extracción popular. La música, al igual que la política, le fue expropiada al pueblo, al común, al llano, y fue rentabilizada por los acomodados que tenían el derecho de desarrollar su arte.
La música y la política parecen materias alejadas; siempre se busca explicarlas por separado. Contradictoriamente, tanto en la música como en la política se necesita de la gente. ¿Para qué cantar si no es para otro? ¿Cómo construir sin presencia de una comunidad?
Tanto el político como el músico sintetizan algo. El político suele ser un individuo que sale de un lugar, conoce lo que a su sociedad le falta y lo que le gusta, además de hacerse cargo (muchas veces sin querer) de lo que les ocurre a los suyos. Lo mismo pasa con los músicos. Ellos también elevan el cantar del lugar del cual emergen y terminan siendo la voz oficial de su espacio de origen.
El Indio es ese hombre que, sin querer, representó a la grasa denostada de la sociedad argentina, aquella que sobraba al margen de donde la música ocurría dentro de las normas del mercado y adoptaba las tendencias que se mezclaban con la idiosincrasia argentina. Pero el Indio y Los Redondos eran, son y serán la idiosincrasia argentina. Y no solo de la Argentina. Un adulto de 30 años de Asunción, de algún barrio obrero, y otro de Montevideo tal vez tengan mucho en común con el ricotero de Buenos Aires.
La política también funciona así. Como fue durante mucho tiempo un ejercicio restringido a un grupo privilegiado por apellido, plata y herencia, la irrupción de los nadie en las decisiones de una comunidad, ciudad o país genera estorbo en una medida irracional, inexplicable.
Habrán visto por ahí que, tras su muerte, recuerdan al Indio como un incoherente, un tipo que lloró pobreza desde la comodidad de su casa. Pero de nuevo, como en la política, la irrupción de un hombre común (en este caso) en un medio en el que los comunes nunca tuvieron espacio –o lo tenían siempre y cuando se adecuaran a las reglas– molesta, incomoda. Y la resistencia es irracional: que su casa era muy grande, que viajó a Nueva York o que se hizo rico cuando eso no era tan rock and roll.
Es normal que esto ocurra. El burgués y el aristócrata temen que el resto descubra que el liderazgo y el poder son mejor ejercidos desde abajo. Pero ojo: el académico y el sofisticado también se cagan en las patas cuando ven que un cantor o un guitarrero criado en la calle expresa una melodía incomparable y que ningún príncipe la va a poder entonar.